Por
Cristina Quiroga
La semana pasada me fui al centro de Lima y me di con la sorpresa de encontrarme con muchos más ambulantes de los que recordaba, que ofrecían desde audífonos hasta frutas de estación para engañar el hambre. Me sorprendí, pero más me dio qué pensar: ¿Es que acaso no hay oportunidades?
Cada
una de las personas que se sienta en la calle a vender lo que puede tiene una historia desgarradora digna de la atención de entidades caritativas. Y considero que es
completamente válido que se busque sobrevivir por todos los medios y de una
manera honrada. Sin embargo, y como en todo, existen límites que los ambulantes
deben comprender, y estos se hallan en el momento en que empiezan a generar
desorden y malestar entre las personas que han trabajado duramente por años
para tener su local con todas las de la ley, y nosotros, los transeúntes.
La
medida de Urresti de reubicarlos progresivamente debería darse de esa manera,
progresiva, y no mandando efectivos a espantarlos como mosquitas de la fruta.
Creo que es posible la formalización de los ambulantes, como lo han venido
demostrando un grupo de ellos, pero por el momento no es suficiente. El asunto
está en darles más facilidades para su regularización, reubicación, y sobre
todo, de manera pacífica y controlada. Las mosquitas se hacen resistentes al
insecticida y hay que utilizar métodos más inteligentes que la fuerza.
El
diálogo y la organización son lo primero a lo que deberían llamar las
autoridades. Esa nueva ventana es la que podrá guiar el camino de las nuevas
moscas de la fruta que, sin duda, vendrán más adelante, y que podrán ver que
tienen más alternativas que pulular alrededor de una manzana. Porque
comerciantes ambulatorios siempre existirán.

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